miércoles, 19 de septiembre de 2018

13 días en Japón: 2. Nikko.

Segundo día en Japón, salíamos de la estación de Ueno, Tokyo, (una estación con pequeños pasillos, algunos de ellos con tiendas y restaurantes, y un amplio recibidor), en tren bala hasta la estación de Utsunomiya. Allí teníamos que transbordar a otro tren, el Nikko Express, que en 5 paradas nos dejaría en Nikko, a unos 140 Km. al norte de Tokyo.

Como nos habíamos olvidado la pasta de dientes, tuvimos que comprar una allí mismo, y fue una pequeña odisea, porque nadie hablaba inglés. Suerte que se nos ocurrió escribir por el móvil lo que queríamos y enseñárselo en una imagen al dependiente de una tienda (el móvil os salvará la vida, futuros viajeros).

Para llegar a los destinos, es muy común en Japón cambiar varias veces de tren, esto lo iremos viendo a medida que vaya escribiendo sobre los siguientes días. Llega a ser algo complicado y, especialmente, se cobra bastante tiempo el tener que hacerlo. Así que fuimos primeramente en tren bala hasta la estación de Utsunomiya y los últimos 20 kilómetros los hicimos en el Nikko Express.

Finalmente llegamos a Nikko. El aspecto que tenía el lugar era el de un pueblo en un valle. Pequeño, aunque no tanto, ya que aunque en apariencia no lo parezca, Nikko tiene casi 81.000 habitantes.
Las montañas rodean la ciudad y son visibles desde casi cualquier punto. Pero lo más llamativo que tiene el lugar son su multitud de templos y santuarios, muchos de ellos importantes, de gran tamaño y muy coloridos, y otros pequeños repartidos en la naturaleza, entre las montañas y las cascadas.

Nikko, con las montañas al fondo y algo de niebla.

Casas y comercios de la calle principal de Nikko.

Buñuelos de pulpo siguiendo la carretera principal.

Nikko alargándose por su carretera principal.
Algo menos de calor, pero aun con humedad en el ambiente que era abochornante. La arquitectura ochentera occidental se mezcla con la tradicional japonesa en esta ciudad que se extiende por su carretera principal. Dejamos el equipaje en el hotel y nos dirigimos al norte, hacia los grandes santuarios. Antes teníamos que parar a comer. Eran las 13:20 y teníamos hambre (normal, habiendo madrugado tanto. Era difícil adaptarse al horario japonés. Ellos desayunan hacia las 7 de la mañana y están comiendo entre las 12:30 y las 13:30, a las 19:00 ya han cenado).

Buscamos un sitio recomendado por Tripadvisor y encontramos uno que tenía buena pinta. Sin desviarnos del camino, en la misma carretera principal, por nuestra misma acera. El lugar era de cocina japonesa, tradicional, gustosa y para cualquier paladar, pero los que entrábamos a comer éramos principalmente occidentales u orientales no japoneses (chinos, vaya), pero especialmente occidentales, muy probablemente atraídos por la buena publicidad y opiniones encontradas en tripadvisor. El lugar hace honor a su buena crítica. El local en cuestión se llama Hippari-Dako, y sirven tanto ramen como pollo rebozado, brochetas de pollo, sopas de miso... con acompañamiento de arroz... y muy económico. Creo recordar que acabamos pagando incluso menos de 8 euros cada uno.

Montón de dedicatorias de visitantes de todo el mundo.

Soba con brochetas de buñuelos de carne, arroz y gengibre. Hippari-Dako.

Carne empanada con soba, arroz y gengibre. Rico. Hippari-Dako.

Nosotros también dejamos una dedicatoria...
Comimos de maravilla. La grandeza culinaria y los deliciosos y frescos alimentos nipones bailaban en nuestros estómagos después de haber danzado en nuestros paladares. No exagero, ha sido y será mi cocina preferida.

Continuamos avanzando y justo antes de llegar al cruce con una carretera que nos separaba del monte en el que se encontraban los templos y santuarios, a la izquierda y bordeando el río, un precioso paso sagrado con montones de campanillas sonando al paso del viento, y un puente rojo. El Futarasan Jinja, un santuario sintoísta (más adelante detallaré las diferencias entre el sintoísmo y el budismo, las dos grandes religiones predominantes en Japón) se abría paso y encontrábamos el puente Shinkyo:


Puente Shinkyo

Camino del santuario Futarasan Jinja que conduce al puente.

El camino sagrado.
El puente Shinkyo con la belleza de las montañas de Nikko.

No cruzamos por el camino y el puente rojo, ya que hacían pagar 800 yenes (6 euros y medio), por lo que continuamos recto cruzando una carretera al monte de los templos. Unas escalinatas de piedra subían por la montaña justo enfrente de nosotros. La maleza rodeaba el camino dotándolo de una belleza salvaje comparable a pocas cosas.

Torii o entrada sagrada al camino de los templos de Nikko.

Una explanada se abre, detrás de una fuente de piedra y hierro con forma de dragón y una estatua, se yergue un enorme templo rojo, el Hon-do, pero nos encontramos con una sorpresa inesperada, está completamente cubierto por lonas y andamios, imposible verlo. Solo tienen una imagen a tamaño real en una lona en lo que sería la entrada. Lo están reconstruyendo.

La fuente con estatua.

Detalle de la fuente del dragón.

El primer templo que encontramos, el Hon-do (sala del Buda) en reconstrucción.
Enfrente del templo, crematorio de incienso.
Complejo de templos del Rinno-Ji.
Antes de pasar a la zona de pago, pasando el gran torii de piedra, a la izquierda, la gran pagoda de cinco niveles de Toshogu nos deslumbra por su magnificencia. Cada uno de sus niveles representa la tierra, el agua, el fuego, el viento y el cielo, en orden ascendente.
Gran Torii de piedra, entrada sagrada.


Gran pagoda de cinco pisos.
Entrada al santuario Toshogu, custodiada por dos demonios y dos guardias.
Tras el Rinno-Ji, el tesoro nacional, cuyos 38 edificios forman parte del patrimonio de la humanidad por la UNESCO, se tenía que pagar unos 500 yenes (apenas 4 euros) para acceder a los santuarios de Toshogu. Puedo decir que los mejores 3 euros y pico mejor invertidos de mi vida. Si vais a Nikko, no dudéis en pagar por ver, lo que veréis no tiene precio.


Almacenes del santuario Toshogu.

Camino de piedra y farolillos de piedra de Toshogu.
Ese día era difícil poderse hacer fotos sin que apareciera nadie, pues hasta nos topamos con unas grandes excursiones de chavales de primaria, aparte de la gran cantidad de turistas que había por la zona.
Siguiendo el camino de piedra, a izquierda, la subida a la siguiente parte del santuario, con la puerta de Yomeimon, puerta de dos pisos, arriba. 

Torii con la puerta de Yomeimon al fondo.

Antiguo depósito de agua.

Pequeño templo Tsuzumiro.

Piedra con forma de tortuga.
Establo de los caballos sagrados con los famosos tres monos "no veo, no oigo, no hablo".

Los tres monos del budismo "no veo, no oigo, no hablo".


Yomeimon (puerta de dos pisos).


Yomeimon

Detalle de la esquina de la Yomeimon.

Almacen de Sake en el santuario.
En la explanada, cruzada ya la puerta Yomeimon, pudimos colgar unos votos sagrados con buenos deseos por 100 yenes (0'78 euros). No teníamos ni idea de qué ponía, pero seguro que eran cosas muy positivas.

Papel con buenos deseos para enrollar y anudar en una cuerda en el santuario.
Conlgando nuestros deseos.

Aquí permanecerán nuestros deseos hasta que los Kamis los cumplan.
Esos votos escritos en una especie de papel de arroz se suelen colgar de lugares que se consideran sagrados, incluso de ramas de árboles o arbustos, a la espera de que se degraden con el paso del tiempo, con el viento y la lluvia.

Pudimos entrar al templo budista Yakushio, el cual tenía pintado un enorme dragón en su techo, pero lamentablemente no nos dejaron hacer fotos. También entramos al santuario del fondo, el Honden, en cuya entrada aparecía la figura de un gato durmiendo. Por el lateral derecho, otra puerta nos llevaba a un camino de piedra, una escalera de peldaños de piedra que subían y conducían a otro pequeño santuario en la cima. El Okumiyahaiden, con su tienda de souvenirs enfrente, con la imagen del gato durmiendo. Detrás del santuario, una especie de mausoleo, el Okusha Hoto, que contiene los restos del primer shogún de la era de los Tokugawa.

Santuario Okumiyahaiden
Puerta del Kanosugi o Cedro Sagrado,

Okusha Hoto, donde descansan los restos del shogún Ieyasu Tokugawa.

El gato durmiendo.

Detalles del colorido del techo del santuario.
Turno ya de bajar, esta vez fuimos por el lateral derecho, pero antes de continuar debíamos combatir el calor y revitalizarnos, así que buscamos dónde tomarnos un café helado. Por el mismo lateral derecho encontramos un camino bajando a la izquierda que nos llevaba a otro santuario (al que entramos y que nos inspiró para otra foto...) y luego, a la derecha, bajamos por unas escaleritas de piedra que daban detrás del museo de Toshogu (edificio moderno). Allí, una cafetería que expulsaba aire frío incluso desde el suelo (gracias). Entramos por el tan deseado café con hielo.

Santuario inspirador. Foto obligada.

Café con hielo, delicioso, en tacita cobriza.

Ahora sí, revitalizados, bajamos hasta la pagoda y desde allí, un camino a la derecha,  amplio rodeado de árboles y un muro que separaba los templos que ya habíamos visto, nos llevaría a la siguiente zona.

Desde allí pudimos llegar por un agradable paseo entre cedros hacia el siguiente santuario, ya más pequeño. El santuario de Futarasán. Justo antes de llegar al santuario, unos templos budistas se encuentran al final del camino. Pudimos entrar a uno de ellos. Lamentablemente no permiten fotos en su interior.

Hall o entrada al templo budista delante del santuario Futarasan.

Torri o entrada al santuario de Futarasan
Cedro sagrado en el camino a la entrada al santuario de Futarasan.

Entrada al santuario Futarasan (a la izquierda, hombre desparasitando la madera del santuario).
En el interior del santuario de Futarasan, pudimos presenciar una especie de ritual o ceremonia, probablemente nupcial, de purificación o de fortuna para la pareja que se sentaba frente al sacerdote.


Interior del santuario de Futarasan.
Salimos de nuevo al camino, a la derecha los últimos templos budistas:

Templos budistas al final del camino.
Puede que el camino parezca un poco lioso, pero en realidad no lo es tanto, os dejo una captura de imagen para que veáis que no es tan laberíntico. Si clicáis la imagen, el camino marcado en rojo es el que hicimos desde Hippari-Dako (donde comimos) por los templos principales de la ciudad.

Clic para alargar y ver ubicaciones.
Por si toda la belleza que acabábamos de ver fuera poca, Nikko nos guardaba un as en la manga. Buscábamos las cascadas de Shiraito. Se podía acceder por dos lugares distintos. Uno, a través de uno de los santuarios, para lo que se tenía que volver a pagar (y te pierdes parte del camino), y otro, volviendo a la zona de la explanada del Rinno-ji. De allí seguir hacia arriba. A unos 300 metros comienza una pequeña carretera y un caminito a la izquierda que está plagado de pequeños santuarios mimetizados en la naturaleza. El paisaje es de los más bellos y la paz que se encuentra allí se encuentra en pocos lugares de este mundo. Apenas nos cruzamos con 4 o 5 personas a lo largo de todo el camino (unos 2 kilómetros).

A 80 metros tras abordar la pequeña carretera por parajes naturales, la primera sorpresa, un templo budista con linternas de piedra cubiertas por musgo detrás, y más detrás aun, una pared vertical en la montaña con unas 6 figuras divinas en una especie de pequeña cueva.

Primer templo budista del camino
Figuras sagradas bajo la montaña en pequeña cueva tras el templo budista en la naturaleza.

Poco más arriba, otro santuario, sintoísta.

Santuario sintoísta.

Y más adelante, entre árboles y naturaleza salvaje, otro santuario sintoísta:



Práctica de artes marciales en el santuario sintoísta.
Kung-fu en santuario sintoísta.
La libertad que sentíamos en aquellas montañas, rodeados por naturaleza y cero turistas nos daba para dejar volar nuestra imaginación.

Cuando encontramos lo que podrían ser las cascadas de Shiraito dudamos de si volver o continuar un poco más por aquel precioso camino. Finalmente nos decidimos por caminar un poquito más y fue un acierto por el precioso santuario que encontramos al final del camino:

Cascadas Shiraito

Presa en las cascadas Shiraito.
Santuario Takio.
Para ellos, las rocas y los árboles también son sagrados:

Roca sagrada en el santuario de Takio.

Tres perfectos cedros sagrados.
Desde aquí ya no se podía seguir avanzando, por lo que dimos media vuelta. Aun nos quedaba por ver el abismo de Kanmangafuchi. 

Camino de vuelta.

Teníamos que llegar hasta la carretera en la que se encontraba el puente de Shinkyo, la que cruzamos para llegar al monte de los templos y santuarios, pero esta vez la seguiríamos hacia la derecha, siguiendo el curso ascendente del río, y cruzaríamos más adelante un puente para luego seguir por el otro lado del río hasta el abismo de Kanmangafuchi. Aproximadamente un kilómetro y medio.

Shinkyo al atardecer.
Camino al abismo de Kanmangafuchi.
Llegando al abismo.
Las casi 100 estatuas de la deidad budista Jizo.
En realidad, el abismo es un precioso paseo por la ladera del río acompañado por casi un centenar de estatuas del ser protector budista Jizo. Este ser, que sigue el camino de la iluminación de Buda, salva las almas de los niños que están en el infierno. Según el budismo, un ser tiene que ganarse el cielo con sus actos de bondad. Los niños, al morir (o perderse) antes de llegar a tener una edad suficiente como para poder haber realizado suficientes actos de bondad, van a parar al infierno (o vagan por el purgatorio). Jizo los rescata de vagar por el limbo y les guía al cielo. Por ello se les pone baberos y gorritos rojos a las estatuas, simbolizan el deseo de que el menor perdido esté a salvo bajo la protección de Jizo.

Tras el abismo, una preciosa vista del descenso del río:

Apetece un baño...
Vistas río arriba.
Como anochecía, volvimos de nuevo al Shinkyo para volver a la carretera principal que bajaba por la ciudad de Nikko para encontrar un lugar donde cenar. A las 19:00 ya era de noche y resultaba difícil encontrar un lugar donde cenar.

Puente de Shinkyo al anochecer.
Por suerte, Nikko es una ciudad bastante turística, por lo que encontrar algun sitio que abran hasta después de las 22:00 no iba a ser tampoco misión imposible. Encontramos un lugar con deliciosa comida y simpáticas mujeres que lo llevaban y que nos atendieron de maravilla. Un grupo de unas tres señoras sentadas justo al lado de nosotros, contentas tras beber algunas cervezas mientras cenaban, reían y comentaban cosas en japonés de forma alegre.

Entrantes, con una copita de vino y una cervecita.
Delicioso carpaccio de carne.
Riquísimas Gyozas.


Exquisita carne con una salsa ñammm.

El local donde cenamos, al salir. Cerca de donde nos hospedábamos.
A la mañana siguiente, antes de salir a desayunar, sobre las 7:30, las vistas que teníamos desde nuestra habitación eran las siguientes:

¡Pura montaña!
En el siguiente post continuaré con el día siguiente, el 25, con el lago Kawaguchi, el monte Fuji y un Ryokan que quita el sentido. Pero antes de acabar el artículo de Nikko, unos pequeños detalles:

Las religiones más importantes en Japón son el Budismo y el Sintoísmo (en ocasiones incluso llegan a mezclarse y confundirse). ¿Diferencias entre ambas? El budismo es el camino de la iluminación, del saber de Buda, de la rectitud y la bondad, del trabajo cuyo esfuerzo merece una recompensa proporcional... El sintoísmo es una religión que venera a la naturaleza representada por distintos dioses, los Kami. Mientras a los lugares budistas sagrados se les conoce como templos, a los lugares sintoístas sagrados se les conocer por santuarios. Los que transmiten el saber de Buda son monjes, mientras que los que veneran a los Kamis y purifican las almas son sacerdotes sintoístas. Los primeros visten de marrón y negro con un sombrero alargado cónico, y los segundos visten de blanco la parte de arriba y rojo, verde o celeste la parte de abajo, con un capirote negro.

sábado, 8 de septiembre de 2018

13 días en Japón: 1. Ueno, Tokyo.

Narita... ¡Narita! Habíamos llegado al aeropuerto internacional de Narita, a unos 50 Km. al noreste de Tokyo. Por fin, Japón.

Ataviados con un maletón, una mochila grande y dos pequeñas, lo primero que hicimos fue comprobar si los lavabos realmente tenían música o sonidos naturales de pájaros y cascadas, los famosos chorros de agua limpiadores regulables y tapa autocalefactable, o se trataba de un mito. Y no, no era un mito:

Lavabo del aeropuerto de Narita, botón azul para tirar de la cadena. Panel para escoger distintos chorros de agua.
Después fuimos a buscar el wifi portátil que habíamos alquilado desde España por internet (un aparatito del tamaño más o menos de un teléfono móvil que nos daría wifi ilimitado durante 14 días, con su cable cargador [lo detallo al final]) y que recogimos en la oficina de correos del aeropuerto.

Con wifi en los teléfonos móviles ya íbamos más tranquilos, así que fuimos a canjear el JR Pass (un billete que te permitía usar los trenes gestionados por la compañía Japan Railways de forma ilimitada y que nosotros compramos para 14 días desde Barcelona [también detallado al final]) en el mismo aeropuerto.

Ya con wifi y el pase de tren comprobamos que la mejor opción para llegar a Tokyo era con el Narita Express, un tren que en 50 minutos te dejaba en la estación principal de Tokyo. Aunque hay 3 líneas de tren más que llevan allí, la única que se podía utilizar con el JR Pass era esa, pero había bastante afluencia de trenes.

El bonito Narita Express, foto de Densha wordpress.
Líneas de tren del aeropuerto de Narita a Tokyo (la verde y la roja, con JRPass).

Una vez en la estación de trenes de Tokyo central, comprobamos el bullicio de la capital nipona. Filas y filas de japoneses circulando a toda prisa por los estrechos pasillos de la estación (o nos parecieron estrechos al ver tal cantidad de gente transitando). Teníamos que hacernos a un lado para no entorpecer el camino de hormigas que formaban los japoneses para desplazarse por la estación y así poder ver a dónde debíamos dirigirnos. Finalmente, el tren hacia el barrio de Ueno, a tan solo 2 estaciones del centro, y operado por JR, iba algo lleno (fue algo difícil subir y bajar de él cargados como íbamos, pero tampoco era lo que se ve en las imágenes de operarios de estación empujando a la gente a los vagones para que quepan, no iríamos en hora punta).

Anochecía cuando llegamos a Ueno, cerca de las siete de la tarde. Al salir de la estación, entre altos edificios y vías de tren pasando por encima de nuestras cabezas, a la derecha quedaba el parque Ueno, famoso por sus cerezos en flor (por agosto no queda ni un cerezo florecido, ya que florecen hacia abril/mayo), su museo nacional (diseñado por Le Corbusier y patrimonio de la humanidad por la UNESCO), su lago y sus templos con pagoda de cinco pisos.

Seguimos por la carretera principal rodeados de edificios altos con llamativas luces hasta torcer al poco a la derecha para llegar al lugar donde nos hospedábamos, uno de los pocos Airbnb legales que quedaban en Japón (este año la ley de pisos de uso turístico en Japón se endureció para acabar con la masificación de turismo de cara a las olimpiadas del 2020).

Una de las arterias de Ueno, Tokyo,
Cuando dejamos el equipaje ya nos sentíamos más ligeros para caminar por las calles del barrio y buscar un buen lugar, o más bien un lugar típico, nada turístico, donde cenar 100% a lo tokiota. Y lo encontramos.

Entrada al garito
Era una especie de bar restaurante de tapas japonés, donde en las plantas de arriba parecía haber karaoke. Allí, tres personas acababan de cenar entre cervezas, seguramente después de llegar de un largo día en la oficina.

Interior del garito.

Interior del garito decorado tradicional japonés.

Comimos soba, gyozas y un plato de verduras marinadas con biru (cerveza) y mizu (agua).
¡Estaba todo riquísimo! Especialmente las gyozas. La cerveza era suave y fresca, ¡pero muy cara! Unos 4'5 euros la jarra (casi precio londinense). Pero comer o cenar fuera resulta incluso más barato que en Barcelona.

Al salir dimos una pequeña vuelta por las calles de alrededor del piso en el que nos hospedábamos. Ante nosotros la grandeza de Tokyo se abría: grandes avenidas con pequeñas callejuelas a modo de "backstreets", entre otras calles más pequeñas peatonales. No había mucha gente por la calle. Eran entre las 22:30 y las 23:00.

Uno de los cruces principales de Ueno

Parte de una calle de Ueno

Callejuela peatonal comercial con restaurantes y salas de ocio.
Los carteles verticales de los comercios inundan las fachadas de las granes ciudades.

Una calle como de mercados y restaurantes.
Y a pesar de haber poca gente en las callejuelas, no tenías sensación de incomodidad o inquietud. En ningún momento sientes que puedas estar en peligro. Casi 30 millones de habitantes en la gran área de Tokyo y nadie se mete con nadie. La sociedad japonesa, en ese aspecto, nos lleva muchísima ventaja. Por contra, sigue siendo una sociedad muy machista.

Mercado de Ameyoko, con estatua de gato y carteles luminosos en Ueno.
Aunque de noche, el calor no daba mucha tregua. Unos 25 grados (había hecho entre 32 y 33 durante el día).
Llegamos de nuevo al apartamento de Airbnb para descansar. Había sido un largo día de viaje y nos había bombardeado el cerebro una cantidad ingente de información nueva difícil de descodificar. Carteles en otros idiomas, nuestros oídos escuchaban hablar en otros idiomas, la ciudad de Tokyo con su enorme red de transporte nos atravesaba las pupilas a cada paso y teníamos que pensar en las diferencias culturales, a veces abrumadoras y abismales, que existen entre la cultura japonesa y la española.

La habitación en la que nos hospedamos tenía (por suerte) aire acondicionado que dejamos puesto para cuando volviéramos, notáramos más fresca la habitación. Era pequeña, bueno, el apartamento era pequeño... Bueno, por lo general, en Tokyo acusan una grave carencia de espacio, por lo que tienden a aprovechar al máximo los rincones. A diferencia de nosotros, los occidentales, que esparcimos todas nuestras cosas a lo largo y ancho de la casa, ellos, los nipones, doblan, pliegan, guardan, cuelgan armarios, camas, muebles, y todo lo que no deban tener al alcance, aprovechando al máximo el poco espacio del que disponen en la gran capital.

Había una pequeña ventanita (minúscula) que daba al exterior. No nos atrevimos a abrirla por la noche porque solo entraba calor.
Al día siguiente nos levantábamos temprano para ir a Nikko, no sin antes parar en una cafetería-pastelería de corte occidental, estilo "boulangerie" francesa. Buen café y buenas pastas. El TullY's coffee, en la calle principal, yendo hacia la estación de Ueno situada al norte, es una buena alternativa a los fuertes desayunos japoneses:

TullY's coffee, para quienes no se quieren atiborrar de desayunos japoneses.
Finalmente fuimos hacia la estación de Ueno, camino de Nikko, con maletón y mochilas a cuestas.

Estatuas de osos panda a la salida de la estación de trenes de Ueno.
A todo esto, seguro que más de uno ha escuchado la historia de Hachiko, el perro fiel. Su amo, Hidesaburo Ueno, era un ingeniero industrial que impartía clases en la Universidad Imperial de Tokyo. Hacía el trayecto de Shibuya a Ueno (dónde daba clases) en tren, y su perro siempre lo esperaba a la llegada en la estación de Shibuya, pero en mayo del 1925 el profesor sufrió una hemorragia cerebral y murió, sin poder regresar Shibuya. Hachiko, su perro, estuvo esperándole durante 9 años sin moverse de la estación de Shibuya y allí han levantado una estatua en honor al perro como símbolo de la fidelidad del animal.
Lo que aun no sé es si el barrio de Ueno se llama así por el profesor... o tiene otro origen.

En la siguiente entrega hablaré de nuestra visita a Nikko, pero antes, unos consejos a viajeros que estén pensando en visitar Japón:

Como allí no es válida la tarifa Roaming, existen alternativas para que tus compañías de teléfono no te extirpen riñones e hígado en tus facturas estando en Japón. Una de ellas son las tarjetas SIM que puedes adquirir online o en estaciones principales de tren o aeropuertos, etc. Nosotros usábamos más datos, para ver google maps, para mandar mensajes, por lo que optamos por el wi-fi portátil (quizá la mejor opción). Lo compras por internet desde España, pagas unos 66 euros por 14 días de wi-fi ilimitado (puedes conectar hasta 10 dispositivos a la vez). Te viene con un cargador y puedes añadirle batería portátil. Su tamaño no es mayor que el de un teléfono móvil y lo puedes llevar allá donde vayas. Lo recoges en Japón, tú eliges si quieres que te lo lleven al hotel o lo recoges, o bien en el aeropuerto o bien en alguna estación de tren (en las oficinas postales). Devolverlo es sencillo, lo vuelves a introducir en el sobre cuando vayas a regresar a tu país y lo dejas en una oficina de correos. Y listo, has tenido wi-fi todo el viaje sin preocupaciones.

En cuanto al transporte, puedes escoger entre alquilar coche y moverte por carretera (las carreteras y autopistas también están muy bien. Las autopistas son muy caras, por lo que recomiendo comprar un abono de autopista, es barato y te funciona para prácticamente todo el país [aunque verás que es un país con muchas restricciones con los pases y abonos]), o viajar en tren y autobús.

Creo que si es la primera vez que viajas a Japón lo más recomendable es moverse en transporte público, ya que todos los indicadores (o su gran mayoría) están en japonés y a veces puede resultar complicado el conducir por la izquierda.

Para viajar de forma ilimitada (aunque con ciertas restricciones) existe el Japan Rail Pass. Un pase de una, dos o tres semanas que cuenta para todas las líneas operadas por JR (la mayoría), entre ellas los trenes bala. Puedes comprar el pase en oficinas de turismo japonés "JNTO" o en oficinas como JTB (en barcelona hay una por el barrio de Les Corts). También lo puedes comprar on-line y que te lo manden por correo (sale unos 15€ más barato).

El pase de 14 días cuesta 365 € aprox. Barato, teniendo en cuenta que subirte una vez en tren bala puede costarte 100 o más. El pase también te permite tomar el ferry que va a Miyajima.

¡Esto es todo por ahora, pronto mucho más!

viernes, 24 de agosto de 2018

13 días en Japón

Hola a todos,
este post es el primero de una pequeña serie de artículos que tratarán de describir todo lo vivido en Japón durante los 13 días que duró nuestra estancia (de Cris y mía) en el país del sol naciente.

Bandera de Japón

En este primer artículo trataré de explicar a grandes rasgos el trayecto elegido, los lugares visitados y el tiempo dedicado a ellos, así como algunas curiosidades generales o consejos apriorísticos para aquellos que tengáis en mente visitar el país de los samuráis, el manga y el sushi. En artículos posteriores detallaré los lugares en los que estuvimos, sus gentes, sus rincones y las anécdotas o impresiones que nos llevamos día a día. Intentaré subir uno por cada día que estuvimos allí.

Empezaré por colgar un mapa con un trazado que muestra el recorrido que hicimos por el país en 13 días (no fueron para nada pocos los kilómetros que recorrimos en apenas 2 semanas):

Pulsa sobre el mapa para agrandarlo.
En el mapa se ve marcado el itinerario seguido en color negro y púrpura. El púrpura es parte del trayecto de vuelta, para no confundirlo con el de bajada ya que se cruzan, lo he pintado de diferente color.

El viaje empezó desde Barcelona, en un avión de la compañía de Hong Kong Cathay Pacific. Ha sido mi primer viaje transcontinental y pensé que se iba a hacer más largo de lo que fue, teniendo en cuenta que hicimos 2 escalas, una en Hong Kong y otra en Taipei, siendo un total de 22 horas de viaje aproximadamente si añadimos las 3 horas y media de las escalas.

He ido marcando con números los lugares en los que pasábamos la noche, desde la primera noche con un 1, hasta la 13. Aunque en Hiroshima pasamos la séptima y octava noche, he marcado con un 8 Miyajima, ya que allí pasamos todo el día (a medida que vaya subiendo los siguientes artículos lo iréis descubriendo).

Llegamos el día 23 de Julio al aeropuerto de Narita, y de allí fuimos en tren a Tokyo, donde pasamos la noche. A la mañana siguiente fuimos en tren bala primero y luego en tren regional a Nikko, allí pasamos el día visitando sus templos y santuarios en plena montaña y siguiendo unos preciosos senderos naturales.
El tercer día tuvimos que subirnos en 4 o 5 trenes diferentes hasta llegar a Kawaguchiko, un pueblo en la zona de los cinco lagos a 10 kilómetros del Fujiyama. Un precioso lugar en el que nos hospedamos en un Ryokan (un alojamiento tradicional japonés) frente al lago Kawaguchi.
Ese mismo día también visitamos el Monte Fuji [3776 metros de altura, casi 60 metros más alto que el Teide].

El cuarto día subimos a la costa oeste tomando dos autobuses diferentes, uno hasta Takayama y el otro hasta Shirakawago, pasando por las tres principales cordilleras del país conocidas popularmente como los Alpes Japoneses. El pueblo de Shirakawago es una aldea medieval samurái que conserva todo su esplendor, con casas de madera y tejados de paja.

El quinto día fue una maraña de autobuses y trenes hasta poder alcanzar de nuevo la costa sureste, con trenes cancelados (hacía poco el país había sido castigado con un fuerte tifón y se preparaban para la llegada de otro), hasta llegar a la ciudad de Ise, donde en el barrio de Futami, en la costa, se encontraban "las rocas casadas" (Meoto-Iwa), más adelante explicaré su historia e importancia.

El sexto día salimos del pueblo costero entre montañas, más parecido a una jungla, de Ise para llegar a Nara, una ciudad con enormes parques con ciervos que puedes dar de comer de tu propia mano y acariciar, con grandes templos y un buda gigante de 18 metros. Después, para ir a Himeji tuvimos que ir en tren hasta Kyoto y de allí en tren bala hacia nuestro siguiente destino.

El séptimo día visitamos el castillo de Himeji (desde fuera) y fuimos en tren bala a Hiroshima, una preciosa ciudad moderna con mucha oferta de ocio y gastronómica (riquísimos okonomiyakis), pero que guarda la imagen del recuerdo de lo que fue una de las mayores tragedias de la historia de la humanidad, el lanzamiento y detonación de la primera bomba atómica sobre población humana.

Al día siguiente fuimos en tren y luego en ferry hasta la isla de Miyajima (Itsukushima), una isla que toda ella es un monumento. Con grandes santuarios sobre el mar, playa y repartidos también por la montaña o en cuevas, templos, pagodas y callecitas comerciales, Miyajima era una parada obligatoria.

Después de pasar la noche en Hiroshima, el noveno día llegamos a Kyoto, a 37 y 38 grados de calor y 80% de humedad. La preciosa ciudad imperial con impresionantes templos y santuarios repartidos por todo lo ancho y largo de la ciudad, nos pareció un horno. Allí pasamos dos días visitando el pabellón dorado, el santuario de los mil toriis, el castillo Nijo... hasta que el undécimo día volvimos a Tokyo.

En la capital pasamos 3 días más, visitando los barrios más significativos, desde Shibuya hasta Akihabara, subiendo a los edificios más altos, como la torre Tokyo Skytree, una torre de telecomunicaciones de 650 metros de altura (la mayor del mundo hasta el momento), y dos miradores, uno a 350 metros y el otro a 450. Toda una aventura entre pachinkos, luces, y zonas en las que de pronto te cruzas con miles y miles de personas y alejándote 10 minutos del centro apenas encuentras a nadie por la calle.

Las distancias en Tokyo son abismales, por lo que optamos por movernos bastante más en transporte público urbano. Durante el viaje. al día caminábamos una media de 15 kilómetros, superando los 22 km. los días que más caminábamos, por lo que al llegar a Tokyo estábamos verdaderamente agotados.

Para que os hagáis una idea de lo descomunalmente grande que es la capital de japón, compararemos Madrid con Tokyo:

Comparativa entre Tokyo y Madrid (pulsar para desplegar)

En azul, sobre Madrid y extendiéndose, la silueta que delimitaría la superficie de lo que se denomina ciudad de Tokyo, con 23 barrios especiales, 26 ciudades, 1 distrito y 4 subprefecturas. El círculo rojo sería el centro de Tokyo y en él cabe perfectamente toda la ciudad de Madrid.

Y aquí os dejo una comparativa entre la mayor isla de Japón, Honshu, y la Península Ibérica, para que os hagáis una idea del tamaño de la isla:

Comparación de la isla de Honshu con España (pulsar para desplegar)
Al plano comparativo con España le he añadido puntos rojos, que eran las ciudades de destino por las que pasábamos en Japón, para que os hagáis una idea de los kilómetros recorridos mientras estuvimos allí.

Para sincerarme, debo decir que pensaba que era un experto en el país nipón. Pensaba que las cuatro expresiones japonesas que todo buen friki aprende de ver series de anime o jugar a videojuegos iban a salvarme el pescuezo en más de una ocasión o incluso podía sorprender a más de uno. Eso, junto a conocer parte de la tradición, costumbres, cultura e historia japonesa, y haberme informado de como desplazarse y alojarse por Japón, me hizo creer que estaba sobradamente preparado para sentirme como pez en el agua en un país que no me iba a parecer raro o fuera de este mundo...

Pues todo lo conocido hasta el momento me sirvió de muy poco y de ello me di cuenta al poco tiempo de pisar suelo japonés. Pero esto también lo iremos viendo a medida que vaya narrando nuestras vivencias.

Al poco de estar allí te das cuenta del riguroso orden que siguen en todo lo que hacen, hasta en el caminar, y ves multitudes cruzándose por los pasillos de las estaciones de tren o por el aeropuerto, y nadie se choca, ni se rozan. Lo comparo como el camino de las hormigas. Un montón de hormigas pueden seguir un trayecto todas en orden, pero cuando pones un elemento que les tapona el camino se rompe la armonía. Bien, pues el elemento obstructor éramos los occidentales (y Chinos) tratando de no ser arrastrados por el fluir de gente.

Y es que era difícil pensar que ellos transitan por la izquierda, tanto en coche como caminando, mientras en España lo hacemos por la derecha. Y cuando te has acostumbrado a dejar paso a los que van más rápido por tu derecha, llegas a la región de Osaka, Kyoto, Kobe o Nara y te cambian el sentido, para luego seguir bajando a Hiroshima y volver a caminar hacia delante por la izquierda.

Pero esa no es la única cosa diferente que llama la atención de ese país. Como curiosidad, me sorprendió el impecable estado en el que tienen todos sus coches. A diferencia que en España, que se ven la mayoría de coches como mínimo con algún arañazo, algo de pintura saltada, corroída, aboyadura, sucios, con algún piloto roto... allí todos los coches (o la gran mayoría) estaban intactos, sin rallajos ni aboyaduras, impolutos. A parte de su cuidado a la hora de conducir (siguen todo lo posible el código de circulación, cediendo pasos cuando se debe, sin sobrepasar los límites de velocidad, etc.), tener coche en Japón es caro, ya que en las grandes ciudades te obligan a ser dueño de un garaje antes de venderte un coche (por la falta de espacio imperante).

Parking a dos alturas en Japón.
Por cierto, pueden aparcar sus coches a tan solo un dedo de distancia de las paredes, algo que nos pone los pelos de punta a los conductores españoles.

Otro detalle es la pulcritud que existe en todo el país. Apenas hay papeles por el suelo y lo que más sorprende es que apenas hay papeleras por las calles. Esto se debe a que no suelen comer por la calle, para que no caigan trozos de comida al suelo y se ensucie. Si les entra sed, o hambre, hay máquinas expendedoras por todos lados con refrescos de café, té, cola, agua, zumos y diversos otros tipos de refrescos, al lado de las cuales hay papeleras de reciclaje de latas y botellas o plásticos y elementos incinerables, así como a los lados de supermercados de estilo 7 eleven. Si eres de los que comen por la calle o te acabas tu refresco y no ves dónde tirar el residuo, llévate una bolsa de plástico en la que guardarlo hasta que encuentres el lugar en el que depositarlo, como hacen ellos. Es chocante como en España, teniendo las calles de nuestras ciudades plagadas de contenedores y papeleras, las tengamos llenas de porquería. En ese sentido, como sociedad, y esto todo el que ha ido allí suele afirmarlo, nos llevan décadas de ventaja.

Papeleras en estación de tren o metro. Lugares comunes donde encontrarlas.
En los restaurantes, fuera, en vez de tener fotografías de sus platos, como tienen prohibida la publicidad engañosa, tienen una réplica de los platos en cera, que parece muy real, expuesta en las vitrinas. Así, de paso, ya sabes el aspecto que tiene la comida que vas a pedir.

Los cables de la luz y el teléfono en Japón van por fuera. 



Un consejo antes de cerrar el post: nosotros visitamos Japón a finales de julio y principios de agosto. Probablemente sea la época menos recomendada (por el fuerte calor y humedad), aunque hay gran cantidad de Matsuris (festivales de verano). Ciertamente, en cualquier época del año Japón es precioso, ya que en primavera tienes los cerezos en flor, en verano tienes unos preciosos paisajes verdes de montaña y matsuris por todo el país, en otoño tienes un contraste de colores marrones, rojizos, anaranjados muy bonitos y en invierno puedes jugar con la nieve. Pero quizá verano sea una época de muchísimo calor, por lo que si decides ir en esa época, prepara mucha agua, buena hidratación y refréscate en cada fuente que veas.

Y hasta aquí el post de introducción al viaje a Japón en 13 días. En breve seguiremos con el primer día en Japón (Ueno, barrio de Tokyo). すぐに会いましょう ¡Hasta pronto!