martes, 17 de marzo de 2020

Coronavirus, ¿en qué punto estamos y a dónde nos dirigimos?

Llevamos algún mes cuya noticia más sonada y remarcable es la afección de este nuevo virus de escala mundial sobre la población humana.
Muchos éramos los escépticos quienes, datos en mano y comparándolo con la peligrosidad de otros virus más letales como la gripe, ébola, fiebre amarilla... pensábamos que se estaba exagerando no solo con las medidas que se estaban tomando sino también con la alarma social que estaba generando.

¿Cómo podía ser que un virus que ha aparecido hace dos meses y medio y que ha causado solo la mitad de muertes en todo el mundo que la gripe en España al año dé tanto de que hablar?
La respuesta podría ser tan simple como rápida: 1, afecta al primer mundo y 2, su propagación es alarmantemente rápida.

A estos efectos, de haber seguido una vida normal, sin restricciones, probablemente ahora mismo estaríamos hablando de un contagio del 1% de la población mundial, o lo que es lo mismo, 72 millones de infectados, alcanzando el millón ochocientos mil defunciones por la enfermedad derivada del virus. Teniendo en cuenta que los expertos aseguran que el contagio podría alcanzar al 60% de la población, el número de muertos podría alcanzar la cifra de cien millones, algo totalmente inaceptable e impermisible.

Otro factor que hacen que esta enfermedad sea tan temida como alarmante es que hasta la fecha no existe ninguna vacuna ni método para restringirla. Por lo tanto, es de rápida propagación y es letal para aquellas personas inmunodeprimidas, con dolencias respiratorias o de avanzada edad.

Entonces ¿actuamos a tiempo o se nos escapó de las manos?
Viendo la evolución de la enfermedad y cómo se ha actuado en diferentes países, podría ser que hubiéramos actuado a tiempo. En China (un país con más de mil millones de habitantes concentrados, su mayoría, en grandes conurbaciones), los casos empiezan a remitir y la curva evolutiva de la enfermedad se revierte. Esto mismo parece estar ocurriendo en Corea del Sur.

No obstante, sabemos que en países como China los ciudadanos no gozan de los derechos y libertades que gozan los ciudadanos europeos, por lo que las medidas de contención son mucho más severas, llegando a controlar a la población mediante monitorización, vía satélite, conexiones a internet, intervención de teléfonos móviles y otros métodos que violarían muchas de las leyes de protección de datos, entre otras, que los occidentales tenemos para protección de nuestra intimidad.

Posiblemente pudimos actuar antes, no menospreciando la rapidez con la que se propaga ese virus y los efectos tan letales que produce en la población de riesgo. Seguramente la propagación habría sido más lenta y menos extensa. Pero ¿estaríamos hablando de un escenario distinto? Con casi toda certeza, no. Las medidas que se hubieran tenido que tomar habrían sido tan similares como las actuales (y aun tendrán que endurecerse más si realmente queremos acabar con la infección).

Es difícil valorar si se actuó rápido o no, teniendo en cuenta el impacto económico a escala mundial que supone el parón productivo por parte de tantos países y la pérdida que supondrá, bancos incluidos, la recesión, tanto de índices bursátiles como económica, productiva y de valores. Pero cuando se trata de salvar vidas, por pocas que fueran, deberíamos sobreponernos a los números, ya que la vida de una persona no debería poderse valorar según pérdidas de dinero.

Por otro lado, vemos que los números cambian mucho, de un día para otro, de una región a otra y que resulta extraño ver que la mitad de nuestros políticos de primera línea están infectados pero nosotros no conocemos a nadie cercano con la enfermedad. Esto podría deberse a una infradiagnosticación debida a la falta de recursos. Claro, los primeros en poder ser diagnosticados son los dirigentes del país, luego, ya si eso, la población, por eso aparecen tantos políticos con coronavirus, pero apenas conocemos ni familiares con las dolencias.

Por esa razón, también, vemos que el porcentaje de defunciones asciende en comparación con los enfermos. Esto se debe a que hay muchos más enfermos de los que se contabilizan, ya que muchos de nosotros, confinados, y alentados por los avisos de las autoridades sanitarias, ni nos acercamos a los hospitales saturados de gente para ser diagnosticados. Tengamos lo que tengamos, gripe, coronavirus, resfriado común, Munchausen o hipocondría, nos quedamos en casa para no propagar, ya que no somos personas de salud comprometida, y lo pasamos como siempre lo hemos pasado, con caldos calientes, cama y toallas húmedas.

Todo ello hace pensar que el número de contagios es realmente muy superior al número que aparece. Nos hace pensar que posiblemente se haya actuado tarde. Nos hace pensar que aunque se están tratando de tomar las medidas adecuadas, en un mundo tan globalizado y ultraconectado, con hasta 200.000 vuelos en 1 día... cualquier virus puede llegar a cualquier parte del mundo en cuestión de horas o días, por lo que, parece ser, la única solución contra el CoVid-19 va a ser que se encuentre una vacuna pronto, que las farmacéuticas se hagan con ella y se forren vendiéndonosla y se reactive la economía, inyectando una gran dosis de inversión de fondos en investigación y mirando hacia el futuro... que ya lo tenemos aquí, la ingeniería genética.

Coronavirus, imagen de CNNEspanol.cnn.com

sábado, 5 de octubre de 2019

S.O.S. Planeta.

Tranquilo/a, no voy a escribir sobre cosas que ya sabes. No hablaré de los 8 millones de toneladas de plástico al año que acaban en el mar, ni de cómo eso está acabando con especies marinas, destruyendo ecosistemas y, si no te importa mucho otra vida animal que no sea la humana, tampoco hablaré de cómo está destrozando paisajes naturales, ensuciando playas en las que después nos bañamos e intoxicando especies marinas que luego van a parar a nuestros estómagos.

No hablaré de nada de eso, porque eso es algo que ya sabes. De lo que voy a hablar es cómo todo eso nos sigue dando igual, cómo la destrucción del planeta y el perjuicio de nuestra salud nos importa muy poco o nada.

Imagen de National Geographic.


Este verano, nadando en las playas de Barcelona, vi flotando muy cerca de la orilla una botella de plástico. Había varios nadadores cerca de la botella, y aun viéndola, nadie hacía nada al respecto. La miraban y después la sorteaban mirando hacia otro lado, como si la botella de plástico no estuviera ahí, o como si fuera algo normal tener que sortear el plástico en las costas del mediterráneo. Escuché incluso a alguien quejarse: -joder qué guarra es la gente...- sí... qué guarra... pero tú ves esa mier** y la dejas flotando.

Tuve que acercarme hasta donde flotaba, recogerla, sacarla del agua y llevarla al contenedor de reciclaje, con algo de vergüenza, encima, por que alguien llegara a pensar que esa basura era mía. Y es que así somos, el ver a alguien recogiendo la porquería que otro tira aun nos parecerá indigno. Pues creo yo que más indigno es ver que estamos haciendo de la tierra un vertedero que heredarán los que vienen detrás de nosotros y no hacemos nada al respecto.

En un par de ocasiones más, la misma actitud. Por la calle, bolsas de plástico vacías son arrastradas por el viento. La gente las mira, las sortea, y sigue su paso mirando a otro lado. Cuando yo veo esas bolsas arrastrándose por el suelo, lo primero que pienso es en cómo tiene que ser el desgraciado que se ha deshecho de ese plástico sin importarle un pimiento lo que ocurra, sabiendo lo perjudicial que es. Luego las recojo y las deposito en los contenedores de reciclaje. Y vuelvo a pensar "deben pensar que esa bolsa es mía y que no he tenido el suficiente cuidado, así que la he tenido que recoger del suelo", y esto es porque estamos haciendo normal que si alguien recoge algo del suelo no es porque quiere una ciudad o un mar más limpio, sino porque se le ha caído.

Imagen de National Geographic.

El colmo ya ha sido escuchar críticas y desprecios a la gran labor de la activista de 16 años Greta Thunberg. Algunos afirmando que "un amigo me ha dicho que ha leído que sus discursos son plagios...", o cosas como "lo que tiene que decir se lo escriben los lobbies energéticos..." y todo ello así, sacado de la manga, como si les molestara que alguien luchara por un mundo mejor, como si les molestara que una chica de 16 años plante cara a la mismísima ONU o, quizá, estén avergonzados de que exista gente tan concienciada con el problema y que luche tanto, desde edades tan tempranas, cuando ellos lo máximo que han hecho por el medio ambiente ha sido compartir una imagen de una ballena vomitando plástico en facebook y tras el click se han sentido automáticamente comprometidos con el planeta.

Con todo esto no pido que todos nos volvamos ultraecologistas o que mandemos a la cámara de gas a aquellos quienes veamos lanzar porquería al suelo (ya que acabaríamos extinguiéndonos...), pero sí pido un poco más de sensibilización, que no cuesta nada y ya sabemos cómo debemos actuar para tratar de mejorar el lugar en el que vivimos.

domingo, 8 de septiembre de 2019

13 días en Japón: 13. Tokyo (3): Palacio imperial, Akihabara (frikilandia) y Roppongi Hills.

Día 13, último día entero que pasaríamos en Japón, ya que el siguiente lo destinaríamos a ir al aeropuerto y poco más.

Se notaba que era el último día y, al escribir sobre él, vuelvo a revivir la sensación como de cierta pena por tener que dejar este país al día siguiente. Esa sensación de ser las últimas 24 horas antes de la vuelta. La sensación de un domingo tranquilo antes de un lunes ajetreado, del día antes del fin de las vacaciones y vuelta al trabajo. Habíamos visto tanto y nos quedó tanto aun...

Ese día fuimos en metro (casi 1 hora) hasta la parada de Sakuradamon Station, justo enfrente de la puerta de entrada al Palacio Imperial con el mismo nombre, Sakuradamon (o portal del cerezo).

Antes de entrar, caminamos un rato por fuera, ya que allí, en el barrio de Chiyoda, se encontraban varios edificios gubernamentales, como las oficinas de la agencia estatal de policía e intendencia (abajo en la foto), varios ministerios y el edificio de la Dieta o del gobierno de Japón, lo que vendría a ser el Parlamento.

Edificio de la Agencia Estatal de Policía e Intendencia.
Edificio de la Dieta o Parlamento japonés.
Desde aquel punto se podía ver el barrio de Minato, con Roppongi Hills al fondo a la izquierda.

Minato y Roppongi Hills al fondo.
Pero si fuimos a aquella zona era para ver el Palacio Imperial, o lo que de él podíamos ver, ya que permanece todo el año cerrado y solo se permite la visita el primer día del año. No obstante, el paseo por el parque exterior y la vista de las puertas de entrada, los puentes y parte de los laterales del Palacio eran preciosos.
Puerta de Sakuradamon, entrada al recinto del parque del Palacio Imperial.
Puerta de Sakuradamon desde dentro, con el foso.



Una vez dentro, comprobamos como mucha gente usaba los exteriores del parque como zona de entrenamiento de running. La verdad es que era una amplia pista que daba pie a poder recorrerla corriendo.

Una vez dentro del parque del Palacio Imperial.

Vista al barrio financiero de Chiyoda.
Y al poco encontraríamos la imagen típica que encontramos cuando buscamos en Google el Palacio Imperial de Tokyo, el lateral del palacio detrás del puente de piedra. Sin duda merece la pena la visita, es de un bucólico difícil de describir.

Puente de piedra Seimon, detrás, el Fujimi Yagura.

Misma vista con zoom.
El Palacio Imperial ocupa lo que era el Castillo de Edo. Se construyó en 1457 por Ota Dokan, un daimio que se convirtió en samurai y que acabó siendo asesinado por deslealtad. Después pasaría a ser regentado por el clan de shogunes Tokugawa hacia el 1600 y se iría ampliando, hasta que en 1868 se convirtiera en la residencia del emperador.

Fue reconstruido tras la segunda guerra mundial, ya que un bombardeo lo destruyó. Actualmente quedan en pie 3 de las 11 esquinas características del castillo, una de ellas, la Fujimi Yagura, la que aparece en las fotografías de arriba, recibe ese nombre porque desde ella se puede ver el Monte Fuji (en días despejados).


Una de las esquinas cubiertas por el foso.
La misma esquina, pasada.
Ota Dokan hizo construir el foso que vemos en la imagen anterior (foso que se extiende hasta el parque de las fuentes de Wadakura) tomando las aguas del río Sumida (río principal de Tokyo).

En la siguiente imagen se muestra en vista de satélite las 4 zonas que se distinguen del parque del Palacio Imperial.

4 zonas del parque del Palacio Imperial.
La primera zona, en naranja, es la zona más urbana, la que tiene el trazado o pista para correr y por donde se suele acceder al Palacio Imperial, por las puertas principales de acceso.

La segunda zona, de azul, son los jardines del oeste, zona en la que se encuentra el edificio principal del Palacio Imperial y algunos santuarios. En la imagen puede verse el Palacio Imperial como el edificio azul encima del puntero.

La tercera zona, de lila, es la zona de los jardines del este y es dónde se encuentra la guardia imperial.

La última zona, la cuarta, de rojo, es en la que están las instalaciones deportivas y museos.

Las cuatro zonas se ven rodeadas por el foso de agua y en la esquina superior derecha de la primera zona se encuentra el parque Wadakura, con sus fuentes. En verano es una zona muy refrescante y bonita de ver.

Pero prosigamos nuestro paseo por la zona 1 del Palacio Imperial.


Vista del puente de hierro, justo detrás del puente de piedra Seimon.

Zoom de la imagen anterior.

Detalle del jardín del oeste.
Después de ver el recinto del Palacio Imperial, íbamos a cruzar la zona financiera de Tokyo por el barrio de Chiyoda hasta llegar después a Akihabara, probablemente el barrio más "freaky" de todo Tokyo.

Antes pasaríamos por las fuentes del parque de Wadakura:

Fuentes del parque Wadakura.
En este parque puedes encontrar una cafetería en la que pararte si quieres tomar un té a media mañana, o simplemente te apetece detenerte a sentir el frescor de las aguas de las fuentes. Eso fue lo que hicimos nosotros.

Artistic picture from behind of the fountain. Taken by Cris.
Puente que cruza el foso hacia el distrito financiero.
Una vez más frescos fuimos hacia el distrito financiero. Para aquellos que no gocen de los edificios altos y modernos, que puedes ver en cualquier gran ciudad (la verdad), hay poco que ver aquí.


Edificios en el centro financiero.
Aunque yo soy de esos que disfrutan viendo todos los contrastes de las ciudades, ya sean sus edificios y zonas más emblemáticas e históricas, o los edificios más... corrientes en zonas poco atractivas para el turista. Incluso entre ellos puede esconderse alguna plaza o algún lugar en el que poder detenerse y contemplar otro tipo de ritmo, estilo y panorama.


Zona del distrito financiero sin aparente atractivo.
He decidido incluir la imagen anterior porque cerca de ese lugar entramos a un restaurante italiano con muy buen aspecto a refrescarnos. Nos tomamos una cervecita y un ginger-ale muy muy muy confortantes. El restaurante se llama La Maremma. No puedo opinar sobre la comida, pero la bebida y el servicio fueron excelentes, además nos sentamos frente una ventana. El lugar se ve muy italiano.

Interior del piso de arriba de La Maremma, restaurante italiano.
Seguimos nuestro camino hacia Akihabara y perdiendo ya de vista el distrito financiero, las calles empezaban a tener el siguiente aspecto:

Calle comercial por el barrio de Kanda.
Las calles presentaban otro aspecto. Eran calles más peatonales, llenas de comercios y restaurantes, en las que los edificios menguaban considerablemente.

Calle de restaurantes en Kanda.
Y como ya sí iba siendo la hora de comer, buscamos un restaurante en la misma calle de la fotografía anterior. Vimos uno que hacía esquina que nos gustó.

Restaurante en Kanda.

El restaurante, por si lo buscáis, está en Kanda, muy cerca de la estación. Se llama 

炒王 神田西口店, no sé muy bien cómo se traduciría... pero tampoco tiene mucha importancia... como indica en la entrada, es un restaurante de arroz frito, cerdo frito, etc.


Interior del restaurante.
La característica de este restaurante es que en la entrada te encuentras una máquina parecida a una máquina expendedora. Seleccionas desde allí el menú y los platos que quieres comer, la bebida, lo pagas y te sale un tiqué que usas dentro para dárselo al/a camarero/a para que te prepare y dé la comida. Te sientas, esperas la comida y la disfrutas.

Tiras de cerdo fritas con puerro, gyozas, verduritas y sopa de miso.
Por menos de 1000 yenes (unos 7 euros) acabamos llenísimos.

El último día iba pasando y poco más podíamos ver. Eso sí, aun había tiempo para que el colorido barrio de Akihabara nos sorprendiera con sus luces, sonidos y ambiente.

Al llegar, una de las primeras cosas que hicimos es adentrarnos por los pasillos interiores que cruzan los edificios por dentro de calle a calle mirando tiendas de figuras de Dragon Ball, tiendas de cables de todo tipo, consolas, etc. Tecnología de todo tipo, desde la analogía anterior a los ochenta hasta los aparatos más extraños de la actualidad.


Pasillo interno en Akihabara.
El entramado de calles interiores que pasan entre edificios a modo de callejones estrechos es otro de los atractivos del barrio de Akihabara. Me recordó al desaparecido Kowloon en Hong Kong, solo que más acogedor, luminoso, seguro...

Los pasillos llegan a bifurcarse, haciendo un pequeño plano urbano entre los propios interiores de manzana.

Salimos por el otro lado del pasillo, a otra calle, más llena de edificios de tiendas de electrónica, comics, revistas, mangas, figuras, salones recreativos y pachinkos a rebosar. Para ello cruzamos el puente de las vías del tren...

Puente de las vías del tren de Akihabara.
... que separa la zona friki de la zona aun más friki. Por la calle, pasaban camiones con pantallas mostrando bandas de chicas juveniles o anime de bandas con la música bastante fuerte. Y es que Tokyo es una explosión de contrastes en un país en el que suele imperar el silencio y la calma.

Tiendas bajo el puente del tren.
En la fotografía anterior se ve otra muestra de cómo los japoneses aprovechan cualquier espacio aparentemente muerto para sacarle alguna utilidad. Tokyo es una ciudad que trata de aprovechar al máximo cualquier espacio. A veces resulta asombroso cómo en esquinas imposibles te plantan un pequeño bloque o aprovechan espacios mínimos para generar una vivienda.

Pero ese es otro tema... ahora nos adentrábamos al apasionante mundo de las luces y los letreros ininteligibles para el occidental medio.

Edificio de... cosas... Akihabara.
Tiendas, letreros y pantallas en Akihabara.
Por la calle podías encontrarte cualquier cosa... como estas tres motos que parecían salidas de la película Tron:


Súper motos en Akihabara.
O chicas publicitando los "maids café" de la ciudad en la calle, protegiéndose del sol con un paraguas mientras reparten publicidad:

Publicidad de un "maid café".
Pero, sobretodo, gente:

Calle comercial de Akihabara.
Edificios con cosas, muchas cosas:

Edificios con muchas cosas en Akihabara.
Y máquinas con gancho para atrapar objetos:

Máquinas de figurillas.
¡Ah! Sin olvidarnos los Pachinkos de dos plantas...

Planta inferior de Pachinko en Akihabara.
Y los edificios con salones recreativos:

A la izquierda, el edificio al que entramos a viciar...
Y claro, acabamos echando algunas partidas...

Vicio al drum.
Los dos...

Mucho vicio al drum.
Efectivamente, ese edificio entero era un gran salón recreativo, en cuyas plantas se encontraban diversas máquinas de diferentes temáticas. En la segunda o tercera planta se hallaban máquinas de los 80's/90's muy interesante. Lo que ocurre es que era algo raro, un poco laberíntico, pues para subir o bajar a veces ibas en ascensor, otras por escaleras mecánicas y otras por escaleras como de socorro, exteriores.

Al salir del eficicio, fuimos por una calle que formaba una "L", dentro de la cual nos topamos con el sex shop más grande del mundo, M's Pop life, el edificio con letreros verdes al fondo a la derecha de la imagen siguiente:

Añadir leyenda
Son seis plantas y un sótano más llenos de turistas que de compradores (o eso quisimos creer). Y sí, allí se encontraban las famosas máquinas expendedoras de ropa femenina usada, expuestas a un lado en la entrada, haciendo pensar que sean más reclamo turístico que otra cosa, pero teniendo en cuenta el extraño gusto de los japoneses, quién sabe...

En la misma calle, unas chicas trataban de llamar la atención de la clientela, haciendo bailes coreografiados y vistiendo de uniforme mientras cantaban. Trabajaban para una tienda de dulces:

Chicas atrayendo a clientela en tienda de golosinas.
Y bueno, ya teníamos una ligera idea de lo que era Akihabara, era hora de ir a Roppongi Hills, a ver otro tipo de luces y comercios, no sin antes sacar una última instantánea de Akihabara, con cartel publicitario de Takeshi Kitano incluido:

Sayonara Akihabara.
Sobre quién es Takeshi Kitano (en la imagen de arriba, el japo que va de negro en el cartel publicitario a la izquierda) se podría hacer otro post aparte, ya que es un muy reconocido actor, director, guionista, dibujante, pintor, poeta y diseñador de videojuegos en japón, pero que fuera de allí quizá solo se le conozca un poco por Takeshi's Castle (Humor Amarillo para la televisión Española) y la película Zatoichi (que tampoco debemos conocer muchos...).

El caso es que nos fuimos a ver más luces y distintos comercios en Roppongi Hills. Para llegar, fuimos en metro desde Akihabara hasta Roppongi, unas 11 paradas por la línea Hibiya, de color gris.

Torre Mori en Roppongi Hills.
Roppongi Hills es un proyecto de desarrollo urbano que cuenta con hoteles, restaurantes, tiendas, cafés, apartamentos residenciales, salas de cine, un estudio de televisión, varios parques... llevado a cabo por Minoru Mori, magnate de la construcción (el Florentino Pérez japonés).

La Torre Mori es el sexto edificio más alto de Tokyo (octava construcción más alta), con 238 metros de altura. La planta más alta cuenta con un museo (cuando fuimos tenían una exposición sobre anime) y un mirador. Para acceder a ambos hay que pagar, unos 18 euros. Decidimos no acceder, era suficiente con haber ido al Tokyo Skytree y al edificio del ayuntamiento de Tokyo.

Exposición de Doraemons en la plaza interior de la Torre Mori.
Dentro del propio complejo Mori puedes encontrarte exposiciones, cafeterías y restaurantes, incluso por navidad iluminan un enorme árbol con luces. También hay tiendas de todo tipo y salas de cines. Desde allí se podía ver la siguiente vista nocturna de los aledaños tokiotas, con la famosa torre de tokyo a la derecha, iluminada:

Skyline del centro de Tokyo,
En un principio pensamos en ir a ver el puente arcoíris  que se encuentra por el puerto de Tokyo, pero las conexiones con los autobuses (que tratamos de hacer aconsejados por varias personas del lugar... que entendíamos a duras penas) eran tan complicadas y se estaba haciendo tan tarde que al final decidimos abandonar la idea y cenar por allí cerca.

De hecho, yendo a la derecha de la salida de la Torre Mori, a apenas 2 o 3 calles, hay una gran calle comercial y de ocio nocturno muy grande, que si vas bajando te topas con algún local interesante para cenar. Así descubrimos Sushi Zanmai, una cadena de restaurantes especializados en sushi, no demasiado caro (para ser sushi en Japón estaba bien de precio) y delicioso sabor.

Cartel de Sushi Zanmai, inconfundible.
Como habréis imaginado, el señor que aparece en el centro del cartel es el dueño, Kiyoshi Kimura, y para más información, es la persona que compró el atún subastado más caro de la historia, un bicharraco de 278 kilogramos comprado al precio de 2'7 millones de euros. El dueño de la cadena de sushi japonesa ya ostentaba el récord del atún más caro desde 2013, récord que él mismo superó este año 2019.

Bebidas y entrantes de cortesía en Sushi Zanmai, Tokyo.
Al entrar, los cocineros y camareros te reciben con un grito de alegría y ánimo levantando los brazos, muy gracioso (pero que no entendimos), un detalle curioso y gracioso del local que anima tanto al personal como a los clientes a permanecer en él.
Pedimos de beber, si no voy equivocado, una cerveza y un ginger ale, que nos acompañaron con una especie de ensaladita con fideos soba, ricos ricos, cortesía de la casa.

Primer plato, rico, rico, riquísimo.
Pedimos un plato extra de sushi, para probarlo. Muy bueno, con huevas de salmón y otros ingredientes y una salsa que le daba un toque suave. Muy fácil de paladear y tragar. Y para acabar...:

Rica bandeja de sushi de 16 piezas y gengibre.
¡Qué rico está el sushi en japón! Obvio, se necesita mucha práctica para llegar a ser cocinero de sushi, bueno, para ser cocinero en general en Japón. Posiblemente por ese motivo Tokyo es la ciudad con más restaurantes con estrellas Michelín del mundo.

Al salir volvimos a la calle principal. Ya se veía bastante vida nocturna, y es que esa zona aglutina multitud de clubs y locales nocturnos. Alejándonos un poco de la zona, la cosa ya cambiaba. Poca gente por la calle, poca fluencia de tráfico...

Antes de volver al hotel, dimos una vuelta hasta la estación de Ebisu, una caminata de 45 minutos hacia el oeste, viendo zonas de museos entre casas japonesas que parecían de gente bastante acomodada.

Al día siguiente, poco más... decíamos adiós a Tokyo...

Sayonara Tokyo

Aeropuerto Internacional de Narita.

Y volvíamos a subir al avión unas horas después, con escala a Hong Kong y regreso a Madrid, con Cathay Pacific (muy contentos con la compañía).

Espero que os haya gustado el relato del viaje y, sobretodo, hayáis descubierto nuevas cosas sobre el país del sol naciente y, a aquellos que vayáis, os haya sido de utilidad. ¡No dejéis de leerme, próximamente Colombia y más adelante, Islandia!

¡Gracias a todos!

¡¡Kanpaiiiiiiiiiiii!!