domingo, 2 de diciembre de 2018

13 días en Japón: 8. Miyajima y Hiroshima, la isla espiritual.

¡Qué bien se dormía en aquel hotel! ¿Qué hotel? Ah, claro. Tomad nota: Unizo Inn Hiroshima.
Día 30 de Julio, octavo día de nuestro viaje a Japón. Nos despertábamos sobre las 6:30 de la mañana. Hoy, otro día de excursión. Esta vez íbamos no muy lejos, a Itsukushima (Miyajima), a 10 kilómetros del hotel en el que nos hospedábamos.
Volvimos a la estación de Hiroshima y subimos a un tren regional dirección a Mijayima (parada Miyajimaguchi, 1 hora de trayecto).

Hiroshima desde el hotel.
Paso peatonal elevado camino a la estación de Hiroshima.
De la estación de trenes al embarcadero de los ferrys hay como unos 150 metros a lo sumo, cruzar una calle por un paso subterráneo y ya estamos.

Y desde allí (no se puede decir suelo continental porque todo Japón son islas, pero sí desde la isla principal de Honshu), fuimos en ferry a Itsukushima (Miyajima). 15 minutos de trayecto de preciosas vistas del relieve insular japonés.

Hiroshima y relieve de Honshu desde el ferry.

Costa sur-oeste de Itsukushima.


Costa noroeste de Itsukushima con el gran tori rojo en medio.
Zoom al gran tori tojo desde el Ferry.
Desembarcamos en Miyajima. De ser otro país, la isla entera estaría explotadísima con tiendas, restaurantes y hoteles, ocio y reposo... pero es Japón y la isla es uno de los mayores santuarios del país, por lo que mezcla espiritualidad y naturaleza en estado puro en la más absoluta armonía, con la justa cantidad de oferta turística para no desencajar con la sinfonía austera del país (recordando que las grandes ciudades son mundo aparte).

Sí, la primera calle que encuentras es de tiendecitas de souvenirs antes de llegar al gran tori rojo sumergido y al primer santuario, también en parte rodeado por el agua del Pacífico. Pero pasado ese pequeño tramo, ahí está, frente a nosotros, un enorme tori de madera pintado de rojo (el color de la pureza y la suerte, de lo sagrado, del paso de lo terrenal a lo celestial...), sumergido en un azul cristalino, protegido por un techo celeste y envuelto por montañas de un verdor intenso, como si formaran un anillo circundante, símbolo de lo efímero de la tierra y lo eterno más allá de ella.

Tori rojo desde Miyajima.
Tori rojo zoom.
Tori entre amigos.
Abajo a la derecha, cartel blanco sumergido que dice que el nivel del agua puede variar.
Vista de la playa y el santuario de Itsukushima.
La isla de Miyajima pertenece a la ciudad de Hatsukaichi desde noviembre del 2005. Es desde Hatsukaichi desde donde zarpa el ferry hasta la isla. En total, ciudad incluida, cuenta con 117.000 habitantes. El santuario de Itsukushima es patrimonio de la humanidad declarado por la UNESCO desde el 1996. Y, la verdad, deberían declarar a Japón entero como patrimonio de la humanidad. Es un absoluto monumento todo el archipiélago, a la naturaleza, a las sanas costumbres, al civismo y la educación, a la tradición, a la contemporaneidad, al futuro, al progreso y al descubrimiento y superación perpetuo.

Siguiendo en Miyajima, pagamos la entrada al santuario (unos 500 yenes, poco más de 3 euros), y seguimos maravillándonos.

Santuario de Itsukushima, con barquito incluido.
Pasillos del santuario con lámpara colgante.
Tori y barquito desde el santuario.
Pagoda desde el santuario.
Interior del santuario con ofrendas de sake al fondo.

Más interior del santuario de Itsukushima.
Gente rezando por buenos deseos.
Más ofrendas de sake a lo bestia.
Sacerdote y sacerdotisa ¿viendo la contabilidad?

Palanquín japonés ¿de alguna eminencia del santuario?
Lanzas, arcos y flechas defensoras.
Pequeña playa a la izquierda del santuario.
A la izquierda del santuario.
Barriles de sake elaborado por los sacerdotes.
Otra perspectiva del santuario.
Santuario desde la playita de la izquierda.
Después de haber visto y recorrido el precioso santuario marítimo de Itsukushima, salimos por el otro lado y vimos una pequeña playa (foto anterior). Más que playa era una pequeña superficie plana de arena que cubría unos 30 o 40 metros de largo. Era una imagen plácida de un lugar agradable, un pequeño rincón de paz.

Continuando por el paseo de arena, encontramos un pequeño santuario al lado de lo que parece un pequeño parque infantil, rodeado por pinos.

Pequeño santuario entre un pequeño canal y el mar.
Y por el mismo paseo, encontramos un buen chiringuito japonés donde poder refrescarnos un rato a la sombra, frente al mar, y también, detrás del pequeño canal de agua. La zona era como una pequeña islita de unos 200 metros de largo por 30 de ancho.

Detalle de los móviles de decoración hechos con latas del chiringuito.

Chiringuito al otro lado del canal.
Y sentados en la terracita... ¿adivináis a quién vimos? ¡A Oysterman y su familia! (sí, el que la noche anterior nos encontramos en el restaurante de okonomiyakis preguntando si la torta de ostras era nuestra). Se sentaron en otra mesa del chiringuito y a disfrutar del día en la isla de Miyajima.

Qué paz, qué lugar tan tranquilo y hermoso. Además, la gente allí nos hacía sentir muy cómodos, el ambiente era muy agradable. Podría haberme pasado todo el día allí sentado, con la cerveza fresquita, con el paisaje idílico y la compañía inmejorable. Pero tempus fugit, así que después de un ratito reemprendimos la marcha.

Fuimos por un pequeño puente de piedra que cruzaba el canal y volvimos por la carretera al ver que más hacia delante llevaba por un túnel a otra parte de la isla que no íbamos a visitar, pues los templos y santuarios se encontraban casi todos en la zona de delante. Subimos una pequeña cuesta y a la derecha subía un camino envuelto de naturaleza. De pronto, una empinada escalera de piedra subía por una pequeña elevación del terreno hacia lo que parecía un mirador natural.

Mirador natural.

Mirador natural, vista a la playita y camino de arena que lleva al chiringuito.

Mirador natural, casas de Miyajima.

Controvertido edificio de la montaña.
Debo decir que yo fui el primero en subir a ese mirador, ya que las escaleras eran muy empinadas y si no había gran cosa para ver, no era necesario que Cris subiera... La verdad es que tampoco eran gran cosa las vistas en comparación de todo lo que nos ofrecía la montaña, pero al final Cris también acabó subiendo.

El edificio fotografiado en la última imagen del mirador, al fondo, en la montaña, es, según reseñas en google maps, un edificio religioso que alberga un museo de piezas de una rama religiosa o secta determinada. Es realmente llamativo que el edificio, en un entorno tan precioso y mimetizado, tenga un aspecto de explotación minera o cementera en plena montaña, rompiendo la armonía que caracteriza el país. Japón también tiene estas cosas.

Antes de bajar, y aunque no tenga mayor relevancia, me encontré una moneda de diez céntimos de dolar americano en el suelo que me llevé conmigo.
Al descender, estas eran las escaleras:

¿Escalones japoneses?
Y continuamos por un camino selvático hacia un templecito curioso, formado por una pagoda Tahoto, una pagoda de dos pisos, cuyo segundo piso es cilíndrico y con techo piramidal.

Camino selvático.
Pagoda Tahoto.
Y tiempo para poco más esa mañana. Era mediodía y empezábamos a tener hambre, adaptados ya al horario japonés, así que bajamos a las calles de la villa en busca de un restaurante. Callejeando (tampoco es que hubiera muchas calles) encontramos uno que nos pareció curioso y entramos. Otro acierto. Subías al piso de arriba con un pulsador y cuando ya sabías lo que querías lo apretabas y subían desde el piso de abajo a tomarte nota y llevarte tu pedido.

El local era pequeñito, acogedor, de madera y piedra, con unos baños a medio camino entre lo oriental y lo occidental, con jabones de varios olores. Las ventanas tenían unas persianas de láminas de madera que dejaban entrar la cantidad de luz justa para conseguir un ambiente relajado mientras comíamos.

Y el pollo "tori" delicioso... la verdad es que posiblemente sea el calificativo que más use para describir la comida de Japón. Una exquisitez, no encontramos lugar en el que no nos gustara la comida.

Yakitori (pollo asado) con gohan (arroz blanco) y sopa de miso.
Restaurante donde comimos pollo rico. (foto de pleasure-luck.com)
El restaurante se llama じぱんぐ (en carácteres románicos "Zipang / Zipangu"). Ideal para parejas.

En la misma esquina del restaurante, subía una calle hacia otra zona de templos y santuarios, en una zona elevada, en la montaña.
Antes de llegar, vimos un par de puentes y un riachuelo que pasaba por debajo de ellos. Hacía bastante calor y teníamos tiempo, por lo que decidimos sacarnos los zapatos y remojarnos un rato para refrescarnos.

Zona del arroyito en la que descansamos.
Después de relajarnos un poco (sí, es un país que ofrece momentos de paz absoluta), volvimos a retomar la ruta hacia los templos de la montaña. El camino se bifurcaba en el puente rojo por el que descendimos para ponernos en remojo. Fuimos por el camino de la izquierda y cruzamos otro puente, de piedra, que es el que se puede ver en la fotografía anterior.

A partir de aquí, el camino se vuelve más interesante. ¿Lugar sagrado? A indicarlo con un gran portón y protegerlo con dos demonietes:

Portón de entrada al templo budista Daishoin.
Y pasando las puertas, subiendo las escaleras, cuyas barandillas centrales doradas contienen rodillos con inscripciones de sutras (enseñanzas de Buda), encontramos el templo Daishoin, un conjunto histórico del siglo IX (aunque debo recordar que todos los templos y santuarios en Japón se reconstruyen, por lo que se mantiene la forma, pero la antigüedad de los elementos no es la misma).

Templo budista de Daishoin
En la misma explanada, se puede ver una fuente en el centro, un tendedero lleno de móviles de campanillas (explicado así no queda muy claro, pero aporto fotografía), y varios templos con votos de buenos deseos.

Fuentecilla central del complejo de templos budistas.
Móviles de campanillas.
Chokugando, último templo de la plaza.
Y tras el chougando, a la derecha, unas escaleras con una barandilla en la que había rodillos con inscripciones en japonés conducían al último templo de la zona. 
Vista del último templo de la zona desde la explanada de abajo.
Preciosas escaleras hacia el templo.
Primer plano de la entrada al templo.
Vistas al exterior desde dentro del templo.
El templo por dentro.
Altar.
A la derecha, tambor japonés.
El camino seguía, lleno de muchas más sorpresas. Bajamos las escaleras y seguimos la senda que recorría la montaña. De pronto, empezamos a encontrarnos montones de estatuillas repartidas por todo el camino:

Protectores del camino sagrado.

Figuras religiosas con apariencia de seguidores del Atleti.
La gente suele dejar una moneda de un yen sobre estas estatuas para llamar a la buena fortuna. Prácticamente en cada estatua al menos podías encontrar un yen. La gente que visita estos lugares es tan respetuosa (a diferencia de otros lugares que no son necesarios de mención) que no se lleva el dinero (aunque tampoco harían gran cosa con él, ya que un yen no llega a valer ni un céntimo de euro). Sea como fuere, en Japón se respira un respeto por lo ajeno y por el prójimo que muchos otros países envidian.

Recaudación monacal.

Por el mismo camino, también había estatuas de niños, en honor a los niños desaparecidos o muertos prematuramente, para que puedan alcanzar la paz en el otro mundo.

Estatuas de niños.

Más figuras de niños.
Más y más estatuas.
El señor de las cejas.
Llegando al final del camino, estatua de diosa con tanuki (mapache).

Campana sagrada llegando al siguiente templo.
Estatuillas fuentes con pequeño templo al final.

No os podéis hacer una idea del montón de fotografías y estatuas que he tenido que obviar por falta de espacio y por no hacer una colección fotográfica... pero las muestras expuestas pueden bien servir como idea. La verdad es que la isla alberga gran cantidad de lugares puros y espirituales que merecen la pena ser vistos.

A continuación, seguimos subiendo a otra zona más mística. Unas escaleras nos llevaban a una especie de templo y zona donde se colgaban los votos. Rodeamos el templo y vimos unas escaleras que bajaban a una zona y una entrada que hay que estar alerta para no saltarse, pues dentro, como si en una cueva entraras, se encontraba el siguiente templo.
Escaleras de subida a otro templo.
Interior del templo/cueva.
Se trata de un lugar de peregrinación.
Fuera, un lugar en el que había 1000 estatuillas:

Las mil estatuillas.
Y enamorados de aquel lugar, de aquella paz, de aquella espiritualidad y la belleza paisajística que mostraba la isla entera, decidimos dejar nuestra pequeña huella en forma de voto sagrado:

Voto con amor.
Y lo colgamos:

Colgando los votos con amor.
Algunas de las vistas desde aquel lugar:

Vistas del Shokugando y el Daishoin desde el Daishido.
Vistas del templo contiguo.
Vistas del pueblo y la pagoda de cinco pisos.
Volviendo a bajar, pasamos por el templecito que se puede apreciar en la segunda de las imágenes anteriores, de forma octogonal, pero antes de irnos, nos adentramos un poco en la maleza y descubrimos en la pared de la montaña, bajo el templo de arriba, una habitación que no aparecía por ningún sitio y que no estaba indicada de ninguna forma. Esa habitación podía pasar inadvertida para casi todo el mundo, pero nosotros la vimos (y una pareja de turistas que nos vieron entrar fueron luego).

¿Qué era? Ni idea, no viene descrita en ningún lugar y es difícil saberlo. ¿Qué había dentro? Nada, nada de nada. Era un espacio diáfano, rectangular y vacío, con el único adorno de un interruptor al lado de la puerta que no funcionaba porque no estaba conectado a nada, ya que no había ni bombillas ni nada.

He podido encontrar una imagen del exterior, ya que alguien (Mustafa Alabee, gracias) decidió subirlo a Google Maps, con el nombre de "The Acoustic Chamber". Este viajero explica más o menos la impresión que tuvimos nosotros. Pensamos que podía ser un pasadizo a algún lugar, estaba oscuro, y al encender las luces de los teléfonos móviles vimos eso, una habitación de unos 3 metros de ancho por 12 de largo y 3'5 de alto. Alabee la llamó "habitación acústica" porque unos viajeros que llegaron tras él empezaron a hacer "sonidos graciosos" aprovechando la sonoridad y el eco del lugar.

Entrada a la "habitación acústica", fotografía de Mustafa Alabee extraída de Google Maps.
Ahora sí, ya bajamos de nuevo a la zona de los puentecitos en la que nos pusimos en remojo y esta vez tomamos el camino de la izquierda, subida al monte Misen.

Tori de piedra hacia el monte Misen.

Ascenso al monte Misen. Enfrente, el santuario Takimiya.
Al llegar a ese punto, decidimos descender. Aun quedaba más del doble de camino para llegar a la cima y entre los 33 grados que estaban cayendo y el cansancio acumulado de las caminatas, y, especialmente, porque se acercaba la hora de la baja mar y queríamos ver el tori y el templo de Itsukushima sin agua, dimos media vuelta.

Volviendo por el camino, vista de la presa y del templo Daishido.
Y nos encontramos con animalillos autóctonos, como esta lagartija bicolor:

Lagartija bicolor.
Eran ya las 17:10 más o menos cuando volvimos a la zona del templo de Itsukushima, tiempo exacto para disfrutar de las vistas de la baja mar y poder ir caminando al tori sumergido para poder tocarlo con nuestras manos.

Templo de Itsukushima sin agua.
El retroceso del océano.
Tori al descubierto.

Tori emergido con el templo de Itsukushima detrás.
En el suelo podía verse montones de caracolas de mar y a medida que te acercabas al tori, monedas de yenes por el suelo oceánico e incluso incrustadas en la zona sumergida de los pilares del tori. Algunos turistas trataban de colgar monedas de las bigas transversales del tori para que se quedaran allí y les diera suerte y fortuna.

El portal mide 16'6 metros de altura, pesa unas 60 toneladas y tiene 24 metros de longitud. Un impresionante portal que está destinado a la isla más sagrada.
Un lugar tan inspirador no podía dejarse escapar para dejar constancia de algo que también consideramos sagrado, el amor, así que lo marcamos en el fondo oceánico, a la espera de que el Pacífico cubriera la arena dibujada con su manto de agua protector:

Love is everywhere you are.
Itsukushima shrine.
Ya solo nos quedaba por ver el Santuario Toyokuni y su impresionante y hermosa pagoda de cinco pisos roja. Así que, salimos de la zona que bañaba el Pacífico (aunque precisando deberíamos decir el mar interior de Seto) y continuamos caminando un poco más... no sin una última foto del tori con unos amigos que quisieron aparecer:

Nuestros amigos los ciervos y nosotros.
Ahora sí, a la derecha del templo (según miras al mar) se encuentra las calles de restaurantes y souvenirs. Combatimos el calor comprando un helado de café y un granizado, también de café. No anduvimos demasiado, el santuario Toyokuni estaba al lado de la zona en la que nos encontrábamos.

Santuario Toyokuni, foto de Yasufumi Yoshizawa, Google Maps.
El santuario era un templo destinado a los sutras sagrados en honor a las almas de las víctimas de la guerra. Los pilares del templo descansaban directamente sobre la piedra, se podía ver la estructura desde abajo, así que tomé una fotografía, ya que me pareció curioso.

Pilares descansando sobre la piedra.
Y lo más hermoso, la pagoda de cinco pisos:

Pagoda de Miyajima.

Vistas del santuario de Itsukushima y el Monte Misen.
Por cierto, el monte Misen, considerado sagrado por el sintoismo, fue el motivo por el que se construyó el santuario de Itsukushima, siendo toda la isla sagrada y prohibida para la población durante años. Estaba prohibido dar a luz y morir, por lo que se prohibía la entrada a mujeres y se evacuaba a los ancianos. Poco a poco se fue abriendo a más gente, no simplemente a los sacerdotes, sin perder su carácter sagrado.

De nuevo bajamos a las calles de souvenirs, compraríamos alguna cosa antes de ir a la zona de los ferrys de vuelta a la estación de tren y vuelta a Hiroshima.

Souvenirs en la calle principal de Miyajima.

Me lo quitan de las manos.
Una de las backstreets estrecha de Miyajima.
Y ahora ya sí, fuimos hacia el ferry, con algo de dolor y agotamiento por el calor, y hacia las 18:30 cruzábamos a la isla de Honshu de nuevo.

Bahía de Itsukushima con el monte Misen.

Adiós Miyajima.

Después de llegar en tren a Hiroshima, buscamos algún lugar donde cenar.
Hiroshima de noche.
Hiroshima de noche (2).
Encontramos uno que parecía bastante bueno, en un primer piso de una zona bastante tranquila.
Comimos bastante bien, los platos no eran muy abundantes y la carta parecía algo cara. Aun así, estaba delicioso, y hubiéramos dejado buenos comentarios...

Tortitas de verduras con salsa rica.
Albóndigas con verduras, ricas.
Pero lo que pasó es que o bien por error o bien por descuido, nos estaban haciendo pagar más de la cuenta. Nos dimos cuenta de ello y tratamos de decírselo a los que llevaban el restaurante. Apenas hablaban inglés y tampoco comprendían mucho. Fue difícil hacerles ver que se estaban equivocando. Aquel detalle hizo que perdiera gran parte del valor que le habíamos atribuido en un principio. Pero la batalla de idiomas no iba a acabar... aun quedaría otro episodio, gracioso al menos, con el "japanglish".

Al volver al hotel quisimos usar las lavadoras/secadoras de la lavandería, pero estas tenían un aspecto tal que así:

Hola, soy Kimiko, parezco más el panel de un cohete que una lavadora/secadora.
Había dos de esas máquinas, una estaba usándose y la otra había acabado y tenía ropa de otra persona dentro. Fuimos a hablar con el recepcionista para preguntarle cómo funcionaban, (ya que debías introducir un código para abrirlas). Tras el primer intento del recepcionista para explicarnos el funcionamiento desde recepción, decidió acompañarnos a mostrarnos su funcionamiento.

Nos enseñó cómo programarla y se llevó la ropa que había dentro de la máquina que había acabado.
Pusimos la ropa y la programamos. Después una hora y media aprox. volvimos por nuestra ropa, le faltaban unos 10 minutos para acabar así que esperamos. Al poco vino otra persona y no sabíamos si era el propietario de la ropa que se llevó el recepcionista, así que le dijimos transcrito por el traductor google que su ropa se la había llevado el recepcionista. Al ver que reaccionaba extrañado, invertimos la traducción y lo que le estábamos diciendo era "el recepcionista se ha puesto tu ropa". Ufff... en fin, finalmente vimos que lo que quería era usar la lavadora, no recoger su ropa, así que acabamos, nos llevamos nuestra ropa y ya la pudo usar.

Moraleja, si viajas a japón, ármate de paciencia porque por mucho título de inglés que tengas, o dominas el japonés o te van a pasar montones de situaciones así.

Lamentablemente, aunque he subido multitud de fotografías del día 8, es difícil describir la paz y belleza que invade toda la isla de Miyajima, pero con lo narrado y visto en imágenes uno se puede hacer una ligera idea. Disfrutamos muchísimo aquel día, aunque acabáramos algo magullados por las caminatas y el calor. Con todo, el día más caluroso y que más anduvimos aún estaba por llegar, pero eso sería el día 9, ya en Kyoto.